Ponga un chelo en su vida (10 años)

Con 10 años aterricé en un Conservatorio de música. Por aquel entonces estaba más preocupado de salir en bicicleta los fines de semana, ver en la tele el Equipo A o MacGyver y jugar al fútbol de lo lindo hasta que se hacía de noche, porque en la cancha de tierra de Les Teyeres no teníamos luz y el tiempo era oro.

En el colegio las cosas iban bien. Qué grandes recuerdos tengo de aquellos años de EGB… También recuerdo el comité cientifico que decidió mi primer instrumento:
-Este es alto. Mari Luz, mira, este puede servir para chelista-
-Isabel, que te guste el chelo no significa que todos tengan que ser chelistas-
-Ya, pero es que además de ser alto tiene buen oído-

Y así me metieron a probar el violonchelo, un instrumento que me parecía incómodo, enorme, poco práctico -logísticamente hablando- y algo cantoso dentro de una orquesta, aunque lo de tocar sentado la verdad que estaba muy bien, y la pica esa era mogollón de larga para hacer mil travesuras por ahi.

Recuerdo que en la primera clase que nos dieron al puñado de elegidos fui el único que no pudo tocar, porque traía un aparatoso fleje de escayola para un dedo que se me había roto en un partido. El profesor Nacho Alonso nos dijo que tardaríamos en hacer sonar decentemente el aparato unos 4 años, y que si queríamos podíamos acercarnos al colegio el fin de semana a probarlo, porque lo iba a dejar dentro de un armario.

Aquel mismo sábado por la mañana, todavía no sé porqué, le pregunté a mi madre si podía ir a Sama.
-¿Para qué?-
-Voy a tocar un violonchelo-

No llevaba 20 minutos sentado cuando apareció mi padre por la puerta del aula:
-¿Pero tú que haces aquí?-
-Tocar el violonchelo. ¿No lo ves?-

1 Comentario

  1. Norabona pola web, pol ultimu premiu, y por seguir siempre p’alante. Un abrazu.

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© 2017 Héctor Braga

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