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Apuntes biográficos

Fin de una etapa

Esta foto coincide con el fin de una etapa de mi vida. Una etapa de ir a concursos de asturianada (tonada o canción asturiana, como también la llaman). No es la etapa que arrancó, contando apenas 5 años, cuando mi abuelo me llevaba a escuchar las voces del momento al salón de la caja de ahorros en Sama de Langreo, porque esa etapa, la etapa de las raíces y la identidad no se acabará hasta mi muerte. No. La que se acaba es la etapa de los concursos, la de justificar que mueva el lápiz un comité de “expertos” que reparte premios y decide quien gana y quien pierde. Ahora se acaba el primer acto hasta que el segundo se cierre definitivamente cuando termine mi tesis doctoral -sobre la asturianada- en la Universidad.

No voy a ocultar que me siento decepcionado, pero sólo en parte. En la parte musical. Y es por la tristeza de saber que en estos concursos nunca hay nada más allá del premio que te quiera dar cada jurado. Que te puntúen la “puesta en escena” pero desconozcan una bonita canción de Miranda o Juanín de Mieres. Que durante años te den explicaciones (sin tú pedirlas), que digan que te puntúan “el color de la voz” (que Dios da a cada uno), y que desprecien el trabajo de cada matiz, cada vuelta y cada sílaba que pronuncias para que la gente pueda entender lo que cantas y lo que quieres transmitir…

Ha sido mucha la frustración acumulada ante las expectativas que yo tenía cuando empecé (allá por 2007), la frustración de mis seguidores, la frustración de varias personas que me juzgaron y saben que yo sé más que ellas, la frustración de otros porque soy (y seré) una personalidad rabiosamente independiente que no busca parabienes ni padrinos… Ni premios.

Bueno, entiendo que es demasiada frustración para algo tan bello como es la música. Quizá por ello, ya desde los tiempos de Eduardo Martínez Torner o Baldomero Fernández, la historia de la música asturiana está cuajada de frustraciones, de músicos frustrados y de carreras frustradas. Y yo soy músico, pero mi carrera no la frustra nadie más que yo mismo, señores. Precisamente hace unas semanas dije en prensa que ojalá muchos músicos asturianos cantasen asturianadas. Lo dije sinceramente, como siempre que hablo en prensa o TV. No tanto por “mejorar” el status de la asturianada (ni maldita la falta que hace ser músico para tener buena voz), sino por no sentirme tan solo y frustrado en ese mundo de aficionados, donde nadie vive de la música como yo sí llevo haciendo tantos años.

He hecho grandes amistades, amantes de la canción que se toman esto como lo que es, un hobby, una afición más. Yo no sé si cambiará el panorama, y poco me importa ya. Y nadie podrá quitarme el gustazo de hacer lo que yo quiera con la canción tradicional de mi tierra, sin falta de ser un imitador.

Ahora veo que con una etapa que se cierra aparece un ciclo que se abre, y sé que tengo muchas más razones para estar feliz. Feliz de saber que siempre cantaré asturianadas allí donde esté. Orgulloso de haber logrado un estilo propio a partir de la canción tradicional de mi tierra, tranquilo de saber que puedo cantar más de tres horas sin poner en riesgo mi voz, satisfecho de haber ganado un puñado de estos concursos en muchas partes de Asturias y en diferentes categorías, alegre de ser un artista reconocido en mi tierra, contento de lograr una buena cantidad de seguidores para mis conciertos, realizado de saber que mucha gente aprende de mis interpretaciones y ufano de haber concursado siempre con corrección, siendo puntual a mi cita con el público y la organización (viajando desde fuera de España en ocasiones).

Ese bagaje cultural y personal no me lo quita nadie allá donde vaya.

Pero yo siento que debo irme ya, pues la constante negación a mis interpretaciones en varios de estos concursos es ya clamorosa año tras año. Pero no es nuevo. Muchos otros las sufrieron antes que yo (Ángel “El Maragatu”, Obdulia “La Busdonga”, Quin “El Pescador”, Amable Fueyo, Laudelino de los Pontones, José Morán, Silvino Argüelles…) por citar algunos de los mejores de los de antes, nunca ganaron un concurso. Yo he tenido mejor suerte y estoy contento. Recuerdo que a Marisa Valle Roso incluso la increparon desde el jurado en plena actuación durante una gala de campeones. Hasta aquí hemos llegado…

Peron son molinos, y no gigantes. No hay que luchar. Sólo dejar que el paso del tiempo siga su curso, y ponga en su sitio las cosas. José González “El Presi” jamás fue a un concurso, y todos sabemos quien fue Orestes Menéndez, que tenía un talento tan infinito que consiguió todo en la canción popular antes de retirarse en plena madurez vocal. Decía “me gusta la música, no el mundo de la música”. Antes de morirse, Aníbal Menéndez Corujo, el primer “campeón de campeones”, me dijo en una de nuestras innumerables confidencias: “si quieres ser artista de verdad, no pierdas el tiempo con los concursos”. Y ha llegado el momento de hacerle caso.

Yo no sé a dónde llegaré, pero sí tengo la absoluta certeza que la asturianada, la canción tradicional de mi país, siempre vendrá conmigo. Y espero llevarla a a tantos sitios como hasta ahora, a Marruecos, Suiza, Francia, Bélgica, Argentina…

Porque en ese mundo de aficionados a los concursos de “canción asturiana” cada vez más gente pierde la afición, tanto dentro como fuera de los escenarios.

Asi es que, señoras y señores, yo sigo mi camino. Que les aprovechen sus concursos y… ¡¡que gane el mejor!!

Sobre mí

Soy músico desde siempre.

Desde niño me dedico a la música popular y escribo mis propias canciones. Fuí al conservatorio con 10 años y hoy soy titulado superior en violonchelo y etnomusicología.

Disfruto cantando.
Escucha esta versión en español del clásico “My Way” (A mi manera)…

Puedes encontrar mis discos en plataformas digitales de todo el mundo, y toco instrumentos como el harpa, el violín, la zanfona, el violonchelo o la gaita.

Persigo la excelencia y emocionar al público en cada concierto. Cuando no estoy en los escenarios trabajo como profesor en la educación pública y concluyo mi doctorado universitario…

Aquellos maravillosos años (II)

Ya avanzado el grado medio y contando yo unos 17 años, surgieron un par de viajes importantes con la orquesta, a Viena primero y a Inglaterra un año después. Recuerdo que a Viena nos fuimos en autobús parando por el camino en Venecia, y también visitamos una recién independiente Eslovaquia, y su capital Bratislava. Hoy me doy cuenta que, en aquel viaje, o nos hacíamos amigos o no nos soportaríamos nunca. Eran muchas horas de convivencia y la verdad que el tiempo se pasó volando. En Bratislava tocamos en la casa de la radio, en un auditorio impresionante, mientras que una modesta iglesia fue nuestro escenario vienés. Recuerdo también que en Venecia bajé la mandolina del bus y saqué tocando en la calle bastante dinero como para pagarme un paseo en góndola y algún que otro capricho.

Al año siguiente fuimos a Inglaterra gracias a un convenio de la Comunidad Europea para proyectos artísticos, con la agencia Leonardo da Vinci. Por aquel entonces andábamos fascinados con el grupo italiano Giardino Armónico, y su espectacular versión de “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi. Quizá por eso y otras cosas participamos en un curso intensivo de interpretación de histórica de la música antigua en el Welsh College of music and Drama, de Cardiff, País de Gales. Allí toqué mandolina, la viola da gamba y el chelo barroco con profesores como Dan Jones o Andrew Wilson Dickson.

De vuelta en Asturias, la orquesta grabó el CD de música clásica “5 conciertos del S. XVIII en Europa” donde pude participar como solista de violonchelo y mandolina. Para entonces ya tenía decidido a que me iba a dedicar en la vida. Con apenas 17 años había tenido la suerte de visitar media Europa gracias a la música, y comprendí que debía tomar mis propias iniciativas. Sería músico.

Comencé a frecuentar los ambientes musicales asturianos y a pasar el tiempo con otros músicos que iba conociendo. Fue un momento decisivo en todos los sentidos. Pisaba poco la casa de mis abuelos (con los que vivía) porque estaba permanentemente en la calle o en pueblos de Asturies haciendo trabajo de campo, recogiendo canciones tradicionales que iba aprendiendo. Mis bisabuelos habían sido cacharreros ambulantes y obreros venidos de otras comunidades. Supongo que la impronta viajera y bohemia viene de ahi, de familia, aunque la aventura de mi vida musical tuve que hacerla siempre en solitario.

En 1997 fundé un grupo de música folk con el flautista David Martín Amores, compañero del Conservatorio, y pronto empezamos a tener conciertos gracias al boom de la música celta del momento. Tras varias denominaciones, bautizamos finalmente al grupo con el nombre celta de nuestro concejo, Llangréu. Empezaba una nueva etapa musical al margen de la vida académica, de la orquesta en la que seguía tocando, y de la rondalla (que había tenido que dejar finalmente). Pronto cumpliría 18 años.

Aquellos maravillosos años (I)

Cuando empecé en el Conservatorio del Nalón, había muchísimos chavales aprendiendo música. Hijos de trabajadores la mayoría, como en mi caso nietos de obreros de las minas o los talleres de siderurgia y metal de la zona, pero también venía gente de todo el valle, de familias campesinas de la parte alta o de las ciudades de la parte baja. Todos querían estudiar música en aquel Conservatorio Elemental, el único de toda la zona.

Recuerdo que en varias especialidades la lista de espera era larga. En violonchelo no era así, y entré directamente tras la inexplicable atracción por el instrumento. De aquel tiempo recuerdo los primeros años de solfeo con Isabel Muñoz, las clases con Nacho Alonso, y sobre todo la orquesta. A los 3 o 4 años tuve una crisis con el chelo, porque me aburría de tocar solo. Entre el colegio y el Conservatorio casi no me quedaba tiempo para ir a la rondalla, donde me decían que los estudios eran lo primero. Entonces conocí al profesor de guitarra Manuel Paz, que dirigía la orquesta, y me ofreció entrar en ella. Debía ser el año 1994.

Allí pasé horas tocando con algunos chavales de mi edad y otros mayores que yo, y la verdad que empecé a recuperar el entusiasmo por la música. Me sirvió de refugio para olvidar las cosas malas que a veces pasan en la vida, y también comprendí el valor de tocar en grupo, aunque musicalmente ya tenía bastantes horas de vuelo gracias a la rondalla.

En 1994 hice la prueba de acceso al Grado Medio, y afronté los 6 años de ciclo con ganas, y tocando muchísimo. Llegué a ser el principal de mi cuerda, y empezaron a prodigarse los conciertos y los viajes con la orquesta, siempre de mano de Manuel Paz. También empecé a participar en otros grupos y grabaciones con profesores como Ton Prendes, del que guardo muy buenos recuerdos hasta que dejó de dar clases en el centro. En aquel tiempo ya no tenía tiempo para ir a ensayar con la rondalla, y recuerdo que la directiva me reclamó la mandolina que usaba. Entonces Ton hizo una colecta entre los profesores del conservatorio y me compraron una nueva, para que no dejara de tocar. También gracias a Ton Prendes grabé en un proyecto llamado Xaranzaina, donde conocí a músicos como Pedro Bastarrica o Gabino Antuña, a gente asturianista como Pablo Manzano, Nacho y Esther Fonseca, y toqué por primera vez en el teatro Campoamor de Oviedo.

Aquello fue el comienzo de unos años maravillosos de conocer sitios y gente nueva. De poner los cimientos a una carrera musical que comenzaba, y de darme a conocer en el ambiente musical que me rodeaba. Era 1995.

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