Recordando a Silvino «El Sastre». Artículo publicado en La Nueva España el 31 de marzo de 2015.

El pásado 28 de marzo fallecía en su casa de Sotrondio (San Martín del Rey Aurelio) Silvino Antuña Suárez, más conocido como «El sastre», profesión que ejerció desde 1931 hasta su jubilación. Para quienes le conocimos, Silvino era uno de esos asturianos irrepetibles: profundamente ilustrado, inteligente, mordaz y especialmente dotado para valorar el arte y la cultura propia de nuestra tierra.

Silvino tenía un sentido del humor proverbial. La última vez que le ví conversamos sobre la actualidad de la asturianada:

–Silvino, el Principado va a declarar la asturianada «Bien de interés cultural»-. Y él, ingenioso como siempre: -¡Descubrieron América, compañeru!–.

Sus conocimientos sobre nuestra canción tradicional eran impresionantes. En este campo, acreditó un nivel de erudición equiparable al que en otras materias alcanzaron asturianos ilustres como Juan Uría o Joaquín Manzanares. Convivió con las mejores voces de todos los tiempos, de las que siempre destacó a Ceferino Rodríguez «El Ferrolanu», Fernando Cué y Vicente Miranda. Éste último fue el legendario barítono de «Los cuatro Ases», ganador del multitudinario concurso que organizó –entre otros– Eduardo Martínez Torner en la hoy ruinosa plaza de toros de Oviedo, el 17 de septiembre de 1922.

Décadas después, animado por el cantante Ángel González «El Maragatu» -otra figura legendaria del cante astur-, creó en 1952 la primera «Academia de la canción asturiana». Abrió las puertas de su impresionante archivo discográfico a cuantas personas quisieran aprender los temas clásicos y genuinos del canto asturiano, casi olvidados por el gran público. Uno de los artistas más conocidos que pasaron por esta escuela fue el inolvidable José González «El Presi».

Yo a Silvino le conocí tarde, como siempre digo cuando alguien interesante se cruza en mi camino. Igual que tantos otros investigadores antes que yo, pasé por su archivo y entré en su círculo. En el salón de su casa y siempre bajo las atenciones de su inseparable esposa Ceferina, dejamos que la conversación fluyera y que los viejos discos de pizarra sonaran a intervalos. Allí le canté todo y de todos. Las asturianadas por Miranda, Juanín de Mieres, Quin el Pescador, Botón, Cuchichi, Lauro Menéndez, Xuacu de Sama, etc. Recuerdo perfectamente cuando, al explicarle los avances de mi tesis doctoral (hoy en fase de corrección), se emocionó al ver una foto de su admirado Fernando Cué, y otra del recordado «Polenchu» de Grao, tomada en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer.

La transversalidad de sus enseñanzas abarca varias generaciones de intérpretes que han dejado huella indeleble en el cancionero tradicional asturiano (Gerardo Orviz, Diagmina Noval, Ché de Cabaños, Alfredo Canga…). Asesoró a las principales discográficas del momento (Philips, Columbia, Odeón, etc) y también fue jurado en varios concursos, de los que fue patrocinador ocasional. Por ejemplo, en el concurso del diario «Región» de 1955, le hizo un traje a medida a uno de los premiados (en este caso el cantante Arsenio Fernández Nespral).

Aníbal Menéndez Corujo, Silvino Antuña y Juanín de Mieres. Sama de Langreo, 1957. Archivo del autor.

Y es que Silvino era un apasionado ortodoxo de la canción. Defendió siempre que antes de hacer sus propias versiones, el buen cantante tenía que dominar las asturianadas clásicas anteriores a 1936, y que con ese repertorio debía presentarse a concursos. Fue en el diario «La Nueva España» cuando el 23 de septiembre de 1992 dio una de sus últimas entrevistas a la prensa local, precisamente al hilo de los concursos en boga (de los que terminó siendo hipercrítico):

«Siempre ha habido trampa. Recuerdo que en los concursos que organizaba “Región”, los primeros premios ya estaban concedidos antes de que comenzara. (…) En ocasiones hay jurados con gente honesta, cargada de buena voluntad, pero la falta de conocimientos les conduce a una calificación deficiente».

El pasado domingo dí el pésame a su viuda y todos los allí presentes recordamos su vida, su agudeza, su socarronería y su vitalismo. Gerardo Orviz, su amigo más cercano, con los ojos humedecidos y sin poder contener la emoción, nos contó cómo en sus últimos días seguía recordando, pese a su triste enfermedad, cosas de la canción tradicional asturiana.

A sus 95 años se apaga definitivamente la memoria de un tiempo irrepetible. Su figura ocupa un lugar imprescindible en la historia reciente de nuestra canción tradicional. Queda huérfano uno de los mejores archivos sonoros de la música astur, y enmudece para siempre una de las voces más autorizadas de nuestra tonada asturiana. Parafraseando a Óscar Roces Arboleya: «Silvino, tú fuiste el maestro de todos nosotros». Muchas gracias por todo. Descansa en paz.