Etiqueta: Una vida en la música

Aquellos maravillosos años (II)

Ya avanzado el grado medio y contando yo unos 17 años, surgieron un par de viajes importantes con la orquesta, a Viena primero y a Inglaterra un año después. Recuerdo que a Viena nos fuimos en autobús parando por el camino en Venecia, y también visitamos una recién independiente Eslovaquia, y su capital Bratislava. Hoy me doy cuenta que, en aquel viaje, o nos hacíamos amigos o no nos soportaríamos nunca. Eran muchas horas de convivencia y la verdad que el tiempo se pasó volando. En Bratislava tocamos en la casa de la radio, en un auditorio impresionante, mientras que una modesta iglesia fue nuestro escenario vienés. Recuerdo también que en Venecia bajé la mandolina del bus y saqué tocando en la calle bastante dinero como para pagarme un paseo en góndola y algún que otro capricho.

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Aquellos maravillosos años (I)

Cuando empecé en el Conservatorio del Nalón, había muchísimos chavales aprendiendo música. Hijos de trabajadores la mayoría, como en mi caso nietos de obreros de las minas o los talleres de siderurgia y metal de la zona, pero también venía gente de todo el valle, de familias campesinas de la parte alta o de las ciudades de la parte baja. Todos querían estudiar música en aquel Conservatorio Elemental, el único de toda la zona.

Recuerdo que en varias especialidades la lista de espera era larga. En violonchelo no era así, y entré directamente tras la inexplicable atracción por el instrumento. De aquel tiempo recuerdo los primeros años de solfeo con Isabel Muñoz, las clases con Nacho Alonso, y sobre todo la orquesta. A los 3 o 4 años tuve una crisis con el chelo, porque me aburría de tocar solo. Entre el colegio y el Conservatorio casi no me quedaba tiempo para ir a la rondalla, donde me decían que los estudios eran lo primero. Entonces conocí al profesor de guitarra Manuel Paz, que dirigía la orquesta, y me ofreció entrar en ella. Debía ser el año 1994.

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Ponga un chelo en su vida (10 años)

Con 10 años aterricé en un Conservatorio de música. Por aquel entonces estaba más preocupado de salir en bicicleta los fines de semana, ver en la tele el Equipo A o MacGyver y jugar al fútbol de lo lindo hasta que se hacía de noche, porque en la cancha de tierra de Les Teyeres no teníamos luz y el tiempo era oro.

En el colegio las cosas iban bien. Qué grandes recuerdos tengo de aquellos años de EGB… También recuerdo el comité cientifico que decidió mi primer instrumento:
-Este es alto. Mari Luz, mira, este puede servir para chelista-
-Isabel, que te guste el chelo no significa que todos tengan que ser chelistas-
-Ya, pero es que además de ser alto tiene buen oído-

Y así me metieron a probar el violonchelo, un instrumento que me parecía incómodo, enorme, poco práctico -logísticamente hablando- y algo cantoso dentro de una orquesta, aunque lo de tocar sentado la verdad que estaba muy bien, y la pica esa era mogollón de larga para hacer mil travesuras por ahi.

Recuerdo que en la primera clase que nos dieron al puñado de elegidos fui el único que no pudo tocar, porque traía un aparatoso fleje de escayola para un dedo que se me había roto en un partido. El profesor Nacho Alonso nos dijo que tardaríamos en hacer sonar decentemente el aparato unos 4 años, y que si queríamos podíamos acercarnos al colegio el fin de semana a probarlo, porque lo iba a dejar dentro de un armario.

Aquel mismo sábado por la mañana, todavía no sé porqué, le pregunté a mi madre si podía ir a Sama.
-¿Para qué?-
-Voy a tocar un violonchelo-

No llevaba 20 minutos sentado cuando apareció mi padre por la puerta del aula:
-¿Pero tú que haces aquí?-
-Tocar el violonchelo. ¿No lo ves?-

Nacido y agradecido (6-10 años)

Cuando empezé en la música, apenas tenía 6 años. Los domingos iba a ver la asturianada con los abuelos, al salón de la Caja de Ahorros de Sama. Luego estaban las clases en el colegio José Bernardo, y después en La Salle de La Felguera… Y ahi me detectó el tutor algo predispuesto para la música. Pues nada. A probar se ha dicho. Recuerdo a los paisanos que, recién salidos de la fábrica, iban a ensayar con el mono de trabajo todavía puesto. Y tocábamos de todo: números de zarzuela, música clásica, música asturiana… En aquella rondalla de laúdes, bandurrias, mandolinas y guitarras aprendí a tocar en grupo mucho más de lo que imaginarían mis futuros profesores del Conservatorio.

Gente como el director Marino Díaz, José Manuel Sienra o Rodolfo Dintén (miembro de Los Juvachos) siguen estando en mi memoria, por los buenos momentos que pasé con ellos mientras crecía como músico y como persona, visitando mis primeros escenarios de toda Asturias.

Hoy echo de menos, sobre todo, un modo de vida que permita volver a aquella tranquilidad, a ese aprender en cada ensayo lo que tú tenías que tocar, pero también lo que tocaba el de enfrente, el de la derecha, el de la izquierda o los de detrás de ti.

Yo nací musicalmente en una rondalla. Todos los músicos nacemos artísticamente en algún sitio. Y nunca debemos olvidarlo, porque de bien nacidos es ser agradecidos.

© 2019 Héctor Braga

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